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enero 17, 2010

Un fragmentito de Morir en el Golfo

A las doce del día siguiente, de acuerdo a lo planeado, regresó la caravana de prensa a la ciudad de México. No aparecieron por mi cuarto Rojano ni sus expedientes. La caravana de prensa: el largo festejo de información y dinero con que la nación inventaba cada seis años a su presidente. Siete u ocho meses para amplificar voz y voluntad, rostro y gestos del candidato, su inocencia en el desastre precedente, su patriotismo en el arreglo que vendría, su paso triunfal por cada pueblo, registrado en cada periódico, en cada emisora radial, en cada pantalla televisiva, hasta formar con la suma la efigie mayor, nuevamente mitológica, del presidente de México.

Héctor Aguilar Camín, Morir en el Golfo.

noviembre 01, 2009

Un fragmentito de El arte de amar

El tercer error que lleva a suponer que no hay nada que aprender sobre el amor, radica en la confusión entre la experiencia inicial del "enamorarse" y la situación permanente de "estar" enamorado, o, mejor dicho, de "permanecer" enamorado. Si dos personas que son desconocidas la una para la otra, como lo somos todos, dejan caer de pronto la barrera que las separa, y se sienten cercanas, se sienten uno, ese momento de unidad constituye uno de los más estimulantes y excitantes de la vida. Y resulta aún más maravilloso y milagroso para aquellas personas que han vivido encerradas, aisladas, sin amor. Ese milagro de súbita intimidad suele verse facilitado si se combina o inicia con la atracción sexual y su consumación. Sin embargo, tal tipo de amor es, por su misma naturaleza, poco duradero. Las dos personas llegan a conocerse bien, su intimidad pierde cada vez más su carácter milagroso, hasta que su antagonismo, sus desilusiones, su aburrimiento mutuo, terminan por matar lo que pueda quedar de la excitación inicial. No obstante, al comienzo no saben todo esto: en realidad, consideran la intensidad del apasionamiento, ese estar "locos" el uno por el otro, como una prueba de la intensidad de su amor, cuando sólo muestra el grado de su soledad anterior.

Esa actitud -que no hay nada más fácil que amar- sigue siendo la idea prevaleciente sobre el amor, a pesar de las abrumadoras pruebas de lo contrario. Prácticamente no existe otra actividad o empresa que se inicie con tan tremendas esperanzas y expectaciones, y que, no obstante, fracase tan a menudo como el amor. Si ello ocurriera con cualquier otra actividad, la gente estaría ansiosa por conocer los motivos del fracaso y por corregir sus errores -o renunciaría a la actividad-. Puesto que lo último es imposible en el caso del amor, sólo parece haber una forma adecuada de superar el fracaso del amor, y es examinar las causas de tal fracaso y estudiar el significado del amor.

Erich Fromm, El arte de amar.

abril 14, 2009

Un fragmentito de El país de las últimas cosas

Uno piensa que tarde o temprano todo llegará a su fin; las cosas se desmoronan o desaparecen y no se crea nada nuevo. La gente muere, pero los niños se niegan a nacer; en todos los años que llevo aquí, no recuerdo haber visto ningún bebé recién nacido y, aun así, siempre hay gente nueva reemplazando a aquellos que desaparecen. Llegan en multitudes procedentes del campo o de poblaciones vecinas, empujando carros repletos con sus pertenencias, sacando chispas con sus coches destrozados; todos ellos hambrientos, todos sin hogar. Hasta que aprenden las leyes de la ciudad, estos recién llegados resultan víctimas fáciles. Muchos de ellos son despojados de su dinero antes de que acabe su primer día aquí. Algunos pagan por apartamentos que no existen, a otros se les induce a entregar comisiones por trabajos que nunca se materializarán y otros más gastan sus ahorros en comida que al final resulta ser cartón pintado. Éstos son sólo los trucos más comunes; yo conozco a un hombre que se gana la vida poniéndose enfrente del viejo ayuntamiento y pidiendo dinero a los recién llegados cada vez que éstos miran el reloj de la torre. Ante cualquier disputa, su asistente simula, con actitud indiferente, cumplir con el ritual de mirar el reloj y pagar por ello, de modo que el extraño crea que ésta es la práctica habitual. Lo más asombroso no es que existan estos estafadores, sino que les resulte tan fácil hacer que la gente les entregue su dinero.

Paul Auster, El país de las últimas cosas.

enero 25, 2009

Un fragmentito de El nombre de la rosa

La risa es la debilidad, la corrupción, la inspidez de nuestra carne. Es la distracción del campesino, la licencia del borracho. Incluso la iglesia, en su sabiduría, ha permitido el momento de la fiesta, del carnaval, de la feria, esa polución diurna que permite descargar los humores y evita que se ceda a otros deseos y a otras ambiciones... Pero de esta manera la risa sigue siendo algo inferior, amparo de los simples, misterio vaciado de sacralidad para la plebe. Ya lo decía el apóstol: en vez de arder, casaos. En vez de rebelaros en contra del orden querido por Dios, reíd y divertíos con vuestras inmundas parodias del orden... al final de la comida, después de haber vaciado las jarras y botellas. Elegid al rey de los tontos, perdeos en la liturgia del asno y del cerdo, jugad a representar vuestras saturnales cabezas abajo... Pero aquí, aquí... -y Jorge golpeaba la mesa con el dedo, cerca del libro que Guillermo había estado hojeando-, aquí se invierte la función de la risa, se eleva a arte, se le abren las puertas del mundo de los doctos, se le convierte en objeto de filosofía, y de pérfida teología... [...] Pero la iglesia puede sorportar la herejía de los simples, que se condenan por sí solos, que se condenan por sí solos, destruidos por su propia ignorancia. [...] Que la risa sea propia del hombre es signo de nuestra limitación como pecadores. ¡Pero cuántas mentes corruptas como la tuya extraerían de este libro la conclusión extrema, según la cual la risa sería el fin del hombre! La risa distrae, por algunos instantes, al aldeano del miedo. Pero la ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor de Dios. [...]

Umberto Eco, El nombre de la rosa.

diciembre 25, 2008

Un fragmentito de La fe de Barack Obama

Muy buena lectura para la temporada, por sus dimensiones individuales y sociales. Muy ad hoc.

Cada uno encuentra a Dios de una manera distinta, y esto es así aún para los que forman parte del rebaño cristiano. Para la mayoría, la fe es algo que llega de manera gradual, a través de verdades que a modo de capas, van sumándose a lo largo del tiempo. Hay otros que se aferran a Dios en momentos de crisis, en medio de la desesperación, y se agarran de certezas que les sostienen toda la vida. También están esos pocos selectos que viven encuentros dramáticos con Dios y con ojos humanos llegan a tener un vstazo de las glorias de un plano que nos es invisible. Las conversiones religiosas son, de hecho, tan diversas y diferentes como lo son los conversos y las formas en que la Providencia se ocupa de cada uno de nosotros. No hay patrón, una fórmula única ni un programa o calendario que marque etapas, para poder comparar. Es el destino lo que permanece firme. El camino a la fe serpentea y avanza, sinuoso.

Stephen Mansfield, La fe de Barack Obama.

noviembre 14, 2008

Un fragmentito de El testigo

Paola estaba al tanto de esa oportunidad perdida, la única sombra antes que ella. Conoció a Julio cuando parecía un huérfano con más deseos de ser adoptado que de ligar. Por suerte para ambos, ella asoció su insoportable tristeza con la cultura mexicana. Había leído El laberinto de la soledad y se disponía a traducir a autores de ese país desgarrado, que reía mejor en los velorios. En los ojos de Julio vio el culto a la muerte y la vigencia de los espectros. Poco después, en el diván del psicoanalista, entró en una fase de regresión y también asoció a Julio con algunos perros perdidos en las películas de Walt Disney y el inolvidable peluche que dejó en la costa amalfitana y no pudo recuperar. A partir de ese momento, los gestos inermes de su joven marido le resultaron menos interesantes y codificados. Detestó descuidos y torpezas, pero aceptó quererlo por ellas. Incluso elogiaba la defectuosa manera de cuidar sus manos. Julio no podía cortarse las uñas sin olvidar alguna. Días después, descubría que el índice o el meñique no habían pasado por la poda. A esa uña absuelta le decía el Testigo.

Juan Villoro, El testigo.

octubre 08, 2008

Un fragmentito de Ensayo sobre la ceguera

Regularmente, sólo pongo el fragmentito, pero comentaré brevemente en esta ocasión. Hace unos días vi los cortos de Blindness, la versión cinematográfica de este gran libro de Saramago, y me preocupé al pensar que no llegaran a conseguir el impacto que provocó en mi el libro. Quizás porque lo leí en un momento de pérdida de una persona importante en mi vida, me impactó. Sin embargo, descubrí que era el libro, ahora que lo releí en mi viaje a Veracruz. Impactante... Te causa una terrible sensación de desesperanza, que ni siquiera el "final feliz" logra desaparecer.


En aquel mismo momento se oyó una voz fuerte y seca, de alguien, por el tono, habituado a dar órdenes. Venía de un altavoz colocado encima de la puerta por la que habían entrado, la palabra Atención fue pronunciada tres veces, luego empezó la voz, El Gobierno lamenta haberse visto obligado a ejercer enérgicamente lo que considera que es su deber y su derecho, proteger a la población por todos los medios de que dispone en esta crisis por la que estamos pasando, cuando parece comprobarse algo semejante a un brote epidémico de ceguera, provisionalmente llamado mal blanco, y desearía contar con el civismo y la colaboración de todos los ciudadanos para limitar la propagación del contagio, en el supuesto de que se trate de un contagio y no de una serie de coincidencias por ahora inexplicables. La decisión de reunir en un mismo lugar a los afectados por el mal, y en un lugar próximo, pero separado, a aquellos con los que mantuvieron algún tipo de contacto, no ha sido tomada sin ponderar seriamente las consecuencias. El Gobierno conoce plenamente sus responsabilidades, y espera que aquellos a quienes se dirige este mensaje asuman también, como ciudadanos conscientes que sin duda son, las responsabilidades que les corresponden, pensando que el aislamiento en que ahora se encuentran representará, por encima de cualquier otra consideración personal, un acto de solidaridad para con el resto de la comunidad nacional. [...]

José Saramago,
Ensayo sobre la ceguera.

septiembre 27, 2008

Un fragmentito de Los demonios de la lengua

Se me perdonará mencionar, no sin temor, a ciertos demonios que parecen ser una de las causas, o la causa, de aquel horror que todos presenciamos. Desde entonces, ellos son conocidos como "los demonios de la lengua": los de la larga lengua del predicador jesuita que en el templo de san Ignacio salía de su boca medio metro y algo más, dando latigazos convincentes, emotivos y hasta razonables, a un público pulcro e instruido que llevaba sus culpas al sermón del domingo como sus niños al zoológico.

Yo mismo participé en las audiencias del Santo Oficio, con la certeza secreta de que no era posible juzgar este caso con los pocos e inciertos datos que teníamos. Si bien muchos más me han sido revelados con el tiempo, a través de las telas secretas del confesionario, mi duda no ha hecho sino crecer: los demonios de la lengua siguen siendo para mí demonios sin nombre, más peligrosos por ello puesto que lo que no se nombra no tiene medida. Su extensión es la de la noche y, como se sabe, de la esencia de la noche estamos hechos en gran parte. Los demonios de la lengua me revelaron entonces que pueden estar en quienes los perseguimos con furia, puesto que son la furia. Ha llegado entonces la hora de, en mi turno, revelar esta historia.

Alberto Ruy Sánchez, Los demonios de la lengua.

septiembre 07, 2008

Un fragmentito de Primary Colors

Eleven o'clock? Well, it was late. It implied that we were skipping ahead, past the usual formalities. It assumed an intimacy that didn't exist, in my mind, yet -but it was flattering, too. It also assumed I was a professional and would understand the rhythms of a campaign, even a larval one. Politicians work -they do their public work, that is- when civilians don't: mealtimes, evenings, weekends. The rest of the time, down time, is spent indoors, in hotel suites, worrying the phones, dialing for dollars, fighting over the next moves, living outside time; there are no weekdays or weekends; there is sleep but not much rest. Sometimes, and always at the oddest hours, you may break free: an afternoon movie, a midnight dinner. And there are those other, fleeting moments when your mind drifts from him, from the podium, and you fixed on the father and the son tossing a ball out past the back of the crowd, out in the park, and you suddenly realize, Hey, it's Saturday; or you glance out a hotel window and spot an elderly couple walking hand in hand, still alive in each other's mind (as opposed to merely sharing space, waiting it out). The campaign -with all its talk of destiny, crisis and mission- falls away and you remember: Other people just have lies. Their normality can seem a reproach. It hurts your eyes, like walking out of a matinee into bright sunlight. Then it passes. He screws up a line, it's Q&A time, it's time to move.

Anonymous, Primary Colors.

agosto 14, 2008

Un fragmentito de The Tipping Point

My sense is that the way adolescent society has evolved in recent years has increased the potential for this kind of isolation. We have given teens more money, so they can construct their own social and material worlds more easily. We have given them more time to spend among themselves – and less time in the company of adults. We have given them e-mail and beepers and, most of all, cellular phones, so that they can fill in all the dead spots in their day – dead spots that might once have been filled with the voices of adults – with the voices of their peers. That is the world ruled by the logic of word of mouth, by the contagious messages that teens pass among themselves. Columbine is now the most prominent epidemic of isolation among teenagers. It will not be the last.

Malcolm Gladwell, The Tipping Point.

junio 17, 2008

Un fragmentito de Al sur de la frontera, al oeste del Sol

No cabía duda de que era una niña precoz y de que se sentía atraída por mí como representante del sexo opuesto. Y yo, por mi parte, también me sentía atraído por ella, pero no sabía qué hacer con mis sentimientos. Tal vez tampoco Shimamoto lo supiera. Me tomó de la mano una sola vez. Fue un día que me llevaba a algún sitio, y el gesto decía: "Rápido, es por aquí". Nuestras manos permanecieron unidas como mucho diez segundos, pero a mí me parecieron treinta minutos. Y cuando me soltó, deseé que el contacto no se hubiera interrumpido. Yo lo sabía, sabía que ella me había cogido la mano de una manera espontánea, pero que, en realidad, lo había hecho porque deseaba hacerlo. Aún hoy recuerdo el tacto de su mano aquel día. Es un tacto diferente a cualquier otro que haya experimentado después. Era simplemente la mano pequeña y cálida de una niña de doce años. Pero en aquellos cinco dedos y en aquella palma se concentraban, como en un catálogo, todas las cosas que tenía que saber. Y ella, al tomarme de la mano, me las enseñó. Me enseñó que en el mundo real existía un lugar como áquel. Durante diez segundos tuve la sensación de haberme convertido en un pajarillo perfecto. Surcaba el aire, sentía el viento. Desde las alturas, podía ver paisajes lejanos. Tan remotos que no era capaz de vislumbrar con claridad lo que había. Pero supe que existían. Y que algún día iba a visitarlos. Esa certeza me dejó sin aliento, me hizo estremecer.

Haruki Murakami, Al sur de la frontera, al oeste del Sol.

mayo 24, 2008

Un fragmentito de El Complot Mongol

Se llevó la mano a la mejilla, donde lo había besado Marta, cerca de la cicatriz. Y ora sí que le estoy al maje. Al puritito pendejo. ¿Y qué relajo es este que se traen? ¿De dónde han sabido que le estoy haciendo a la intriga internacional? Tal vez lo de Martita está mejor así. A mi edad ya es bueno tomar las cosas con calma para gozarlas, pero nunca lo he hecho. Y cómo estaba eso de que sólo tres hombres en México saben de este asunto; y conmigo ya somos cuatro; y luego el ruso; y el gringo; y los que les dieron sus órdenes al ruso y al gringo. Y los dos cuates que están en el Pontiac, pero ésos ya no saben nada. Y los chinos del Café Cantón. Y la policía de Mongolia Exterior. Y luego, ¿por qué me dieron a mí esta investigación? ¡Pinche investigación! Todavía ni empezamos en serio y ya van dos muertos. Muertos pinches, eso sí, que todavía no llegamos a los cadáveres. Y Martita muy seria, viéndolo todo. Como si estuviera acostumbrada. Y escogió esta noche para venirse conmigo. ¿No me estará jugando de a feo? Y yo, en lugar de aprovecharme, le hago a la novela Palmolive. ¡Pinche novela! Y también haciéndole a la intriga internacional. Como si no hubiera competencia. Ando en el equipo de Hitler y de Stalin y de Truman. ¿Y usted cómo anda en su cuenta de muertos? Pues yo a lo nacional, que es como decir a la antigüita. Ya ven que somos medio subdesarrollados. A pura bala. A veces creo que es cuestión de cantidad. Entre más muertos se hacen, menos le andan saliendo a uno en la noche. Los dos primeros como que me andan malhoreando. La viuda del finado Casimiro se me quedó pegada mucho tiempo. Lo mismo que el finado. Hay muertos que se vuelven pegajosos como melcocha. Y hay veces que hasta dan ganas de lavarse las manos. Y ora que me besó Martita, no quisiera ni tocarme la cara. ¡Pinche Martita! Para mí que me está jugando una chingadera. Como las he jugado yo tantas veces. Si no voy a conocerlas, si parece que las inventé yo mero. Pero toda esa gente que sabe del negocio no me gusta. Para andar en estos asuntos , hay que andar solo. [...] De memorias no vive nadie, sólo el que no ha hecho nada. ¡Pinches memorias! Van siendo como la cruda. Por eso los borrachos se vomitan, para no acordarse, y los que son nuevos se vomitan a su primer finado, como para echarlo fuera. Pero hay que ser borracho viejo, con su alcaseltzer dentro. Y ahí todo se nos va quedando y se van haciendo memorias con eso que se nos va quedando. Menos mal que no se nos queda todo. En especial de los tiempos de cuando uno es muchacho y es maje. A veces creo que ya no me acuerdo de cómo se llamaba la muchachona esa, Gabriela Cisneros. ¿Para qué acordarse del nombre de una mujer? Una mujer es como cualquier otra. Todas con agujerito. Gabriela Cisneros. Y yo de muchacho rogón y ella dando puerta. Y que nos cae don Romualdo Cisneros cuando la tenía en esa huerta en Yurécuaro. Ya casi la tenía en pelota. Y don Romualdo me hizo que me arrodillara ahí en la tierra y me bajara los pantalones y me dio de planazos con el machete. Allí, frente a Gabriela Cisneros. Y yo me puse a llorar y le dije que me quería casar con ella y don Romualdo me dio una patada en la boca. Y Gabriela Cisneros hacía como que llorara, pero se estaba riendo. Y no se tapaba las piernas. Y yo allí, llorando y con las nalgas de fuera, coloradas como si tuvieran vergüenza. Y don Romualdo dijo que él no quería por yerno al hijo de la Charanda. Así le decían a mi vieja. Al viejo nunca supe cómo le decían, porque nunca supe quién era. Unos años más tarde volví a Yurécuaro. Sería por el veintinueve o treinta, pero ya Romualdo Cisneros se había pelado para la capital y Gabriela se había fugado con un teniente que la dejó preñada en Santa Lucrecia o por allá. Sí, las cosas se le van quedando a uno dentro, sobre todo como ésa, cuando la deja uno a medias. Por eso no me gusta dejar las cosas a medias. Ni la intriga internacional ni este asunto de Martita. Y también se va aprendiendo a no contar las cosas. Hay cosas que no se cuentan o, por mejor decir, no hay cosas que se cuenten. Para no acabar como el compadre Zambrano, que lo mataron por hocicón. Sólo las viejas lo andan contando todo, por lo menos lo que quieren contar. Y por eso a las viejas hay que tomarlas una vez o dos y dejarlas. ¡Pinches viejas! Y para no andar contando cosas, lo mejor es olvidarlas. ¿Y si le cuento todo a Martita? Cuando tenía las nalgas coloradas de los planazos, como si tuvieran vergüenza. Cuando lo del compadre Zambrano. Más que contarle cosas, ya debería estar acostado con ella. ¡Pinche Martita! Capaz y se está riendo. Pero a lo mejor sale más suave así, con calma.

Rafael Bernal, El Complot Mongol.

abril 20, 2008

Un fragmentito de El laberinto de la soledad

A 10 años que se fue.

A todos en algún momento, se nos ha revelado nuestra existencia como algo particular, intransferible y precioso. Casi siempre esta revelación se sitúa en la adolescencia. El descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un sabernos solos; entre el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente muralla: la de nuestra conciencia. Es cierto que apenas nacemos nos sentimos solos; pero niños y adultos pueden trascender su soledad y olvidarse de sí mismos a través de juego o trabajo. En cambio, el adolescente, vacilante entre la infancia y la juventud, queda suspenso un instante ante la infinita riqueza del mundo. El adolescente se asombra de ser. Y al pasmo sucede la reflexión: inclinado sobre el río de su conciencia se pregunta si ese rostro que aflora lentamente del fondo, deformado por el agua, es el suyo. La singularidad de ser -pura sensación en el niño- se transforma en pr oblema y pregunta, en conciencia interrogante.

A los pueblos en trance de crecimiento les ocurre algo parecido. Su ser se manifiesta como interrogación: ¿qué somos y cómo realizaremos eso que somos? [...]

Octavio Paz, El laberinto de la soledad.

abril 06, 2008

Un fragmentito de Todos tienen premio, todos

Ayer vi a Juana y Nemesio, el hijo del elotero, haciendo el amor sobre la taza del guáter, en el mercado. No saben. Luz y yo, sí. Primero, nos contemplamos desnudos bajo el mostrador, cuando el Maistro se ha ido. Luego buscamos qué hay de nuevo en nuestro cuerpo. Me empiezan a salir vellitos en los sobacos. A Luz se le está hinchando el pecho. Creo que le van a salir chiches. Después ella juega con mi pitirrín y yo le beso la pepa. Jugamos y jugamos hasta que me orino. Ella ríe. Cantamos un rato, nos dormimos y nos vamos. Pero ellos no saben. Hacen sus cosas rápido. Mi mamá tampoco sabe. Con mi papá, tal vez. Mi hermana, la que se murió, quién sabe. No lo creo. Era guapa, cuatro años mayor que yo. Mi papá llegaba borracho porque no tenía trabajo. Ahora me da gusto porque dicen que allá, en las Galletas, hay mucho que hacer.

Emiliano Pérez Cruz, Todos tienen premio, todos.

febrero 29, 2008

Un fragmentito de Una verdad incómoda

Cuando se piensa en un problema tan enorme como el calentamiento global, es fácil sentirse superado e impotente, escéptico de que los esfuerzos individuales realmente puedan tener algún efecto. Pero es necesario que rechacemos esa reacción; la crisis se resolverá únicamente si asumimos nuestra responsabilidad como individuos. Instruyéndonos e instruyendo a otros, haciendo nuestra parte para minimizar nuestro uso y derroche de los recursos, haciéndonos más activos políticamente y exigiendo cambios; de estas maneras y muchas otras, cada uno de nosotros puede contribuir a modificar la situación.

[...]

Una manera de comenzar a producir esos cambios es aprender cómo afecta el modo que vivimos al medio ambiente global. Todos contribuimos al cambio climático a través de las decisiones que tomamos cotidianamente, desde la energía que utilizamos en casa hasta los automóviles que conducimos, desde los productos y servicios que consumimos hasta la estela de desechos que dejamos detrás de nosotros. [...]

Al Gore, Una verdad incómoda.

enero 30, 2008

Un fragmentito de Las buenas conciencias

Helo aquí: de regular estatura, pelo castaño y cada día más ralo, boca apretada y color bilioso, con las mejillas colgándole desde los duros párpados: ojos pequeños y severos, rostro escrupulosamente afeitado, y un empaque de solemne celebridad. Sentencioso, dado a invocar reglas morales a cada instante y a llevarse la mano al chaleco con gesto imperial. Trajes conservadores y un tanto anticuados, dientes postizos, anteojos bifocales para leer. Si durante un largo período debió sacrificar su beatería religiosa a la necesidad política, cuando pudo declararse en público "creyente" reparó con creces los años perdidos. Las palabras "católico" y "gente bien" volvieron a sonar, con sinonimia, desde sus labios apretados. Y pudo, de esta manera, volver a conciliar, con profunda satisfacción, sus intereses mundanos con su retórica religiosa. "La propiedad privada es, decididamente, un postulado de la razón divina", "En México, la gente decente tiene la obligación de custodiar la educación, la moral y la actividad económica de un pueblo tan atrasado como el nuestro", "La familia y la religión son los tesoros del hombre": tales eran sus máximas más frecuentes y felices. Individuo de horas exactas, no toleraba la impuntualidad, las conversaciones frívolas o la mínima alteración de las costumbres por él establecidas. Debía tenérsele el baño caliente a las siete y media, y a las ocho un huevo pasado, durantes tres exactos minutos, por agua; debía tendérsele sobre la cama la ropa lavada de la semana para que personalmente la contara y diera su visto bueno a la dosis de almidón de los cuellos; debía encauzarse la conversación, en su presencia, hacia temas de interés familiar que le brindasen la oportunidad para formular una sentencia; la familia debía rezar el rosario a las seis de la tarde y vestir de negro para ir el domingo a misa. Pero por encima de todo, nadie debía contradecirlo y todos debían acatarlo. Y así sucedió, en efecto, durante mucho tiempo. El índice levantado del Balcárcel era signo de autoridad definitiva. Cada noche, el buen hombre podía meterse entre las sábanas acompañado de los periódicos -su única lectura- y de un sentimiento infinito de razón, reposo y autoridad.

Carlos Fuentes, Las buenas conciencias.

enero 04, 2008

Un fragmentito de Diablo Guardián

Gracias a Diego Fernando por la recomendación y a Celine Françoise Aramara por el regalo.

Si de verdad mis genes son tan corrientes como sospecho, mi problema está en que soy mercancía de Sears empeñada en llegar a un aparador de Saks. ¿Cómo haces para que una blusa de diez dólares parezca de quinientos? Eso era exactamente lo que yo traía en la cabeza cuando iba caminando como loca por la Séptima. Me preguntaba cuánto podían ganar esas viejas siniestras que salían en las etiquetas de las películas, encueradas entre quién sabe cuántos hijos de vecino. Y yo, que me había especializado en hijos de jardinero, como que regresaba de repente a mis telarañas. Ya no era virgen, claro, pero la relación con Eric era spiderweb-free. Por disposición de la gerencia, no se admiten ideas pirujonas. Cuando esa noche el hambre y la sed me sacaron a la calle, afuera había otros amiguitos esperando. Morbo. Ambición. Calentura. No te digo que entonces ya soñará con ser piruja. Tenía intereses muy afines, por supuesto, pero una cosa es preguntarte qué se sentirá que te filmen haciendo circo, y otra ponerte a hacerlo por una lana. No me prendía pensar que les pagaran mucho, sino lo contrario: me ponía caliente imaginarme que les pagaban una mierda. Ni siquiera cien dólares. Digamos que cuarenta, por abrirle las piernas a diecisiete puercos. Y que la cosa sea tan humillante que te filmen a la hora en que cobras. Ese sería el orgasmo de la película: ver el par de billetes arrugados que le dan a la Primera Actriz. Tome usted sus cuarenta dolarotes y llévese estos dos bolillos para que se quite el hambre en el camino. Igual entonces no me daba cuenta, o no quería dármela, o me la daba y me importaba poco, ya no sé, pero lo que quería era caerme. O sea, mediomorirme. Elevator going down! Y esas luces horribles, como de hospital, con las películas y las revistas y todas esas mierdas, parecían todavía más spooky que la oscuridad. Danger. Dungeons and Dragons Area. Beware of inner fires! Soy una naca, ya sé. Una chicuela de dieciséis años que se la pasa súper paseándose entre putas y calientes jamás será una señorita decente. Siempre Sears, nunca Saks. Qué le vamos a hacer, Woolworth no cabe en Tiffany.

Xavier Velasco, Diablo Guardián.

noviembre 12, 2007

Un fragmentito de La ciudad y los perros

No creo que exista el diablo pero el Jaguar me hace dudar a veces. Él dice que no cree, pero es mentira, pura pose. Se vio cuando le pegó a Arróspide por hablar mal de santa Rosa. "Mi madre era devota de santa Rosa y hablar mal de ella es como hablar mal de mi madre", pura pose. El diablo debe tener la cara del Jaguar, su misma risa y, además, los cachos puntiagudos. Vienen a llevarse a Cava, dijo, ya descubrieron todo. Y se puso a reír, mientras el Rulos y yo perdíamos el habla y nos venían los muñecos. ¿Cómo adivinó? Siempre sueño que me le acerco por detrás y lo noqueo y le doy en el suelo, juach, paf, kraj. A ver qué hace cuando despierta. El Rulos también debe pensar en eso. El Jaguar es una bestia, Boa, un bruto como no hay dos, me dijo esta tarde, ¿viste cómo adivinó lo del serrano, cómo se rió? Si el fregado hubiera sido yo, seguro que también se meaba de risa. Pero, después, se puso como loco, sólo que no por el serrano, sino por él. "Ésa me la han hecho a mí, no saben con quién se meten", pero el que está adentro es Cava, se me paran los pelos, ¿y si los dados me elegían a mí? Me gustaría que lo fregaran al Jaguar, a ver qué cara pone, nadie lo friega nunca, eso es lo que da más pica, todo se lo adivina. Dicen que los animales se dan cuenta de las cosas por el olor; huelen y ya está, por la nariz les entra todo lo que les va a ocurrir. Mi madre dice: el día del terremoto del 40 supe que iba a pasar algo, de repente los perros del barrio se volvieron locos, corrían y aullaban como si vieran al diablo con sus cachos y sus pelos de alambre. Poquito después comenzaba la tembladera. Igualito que el Jaguar. Puso una cara de ésas y dijo "alguien ha pegado un soplo", "juro por la Virgen que sí", y Huarina y Morte ni habían asomado, ni se oían sus pasos, ni nada. Qué vergüenza, no lo vio ningún oficial, ningún suboficial, hace rato que lo hubieran encerrado, hace tres semanas que estaría en la calle, qué asco, tiene que ser un cadete. Quizá un perro o alguno de cuarto. Los de cuarto también son unos perros, más grandes, más sabidos, pero en el fondo perros. Nosotros nunca fuimos perros del todo, se lo debemos al Círculo, nos hacíamos respetar, nuestro trabajo nos costó. ¿Cuando estábamos en cuarto se le hubiera ocurrido a uno de quinto llevarnos a tender camas? Lo tiro al suelo, lo escupo, Jaguar, Rulos, serrano Cava, ¿quieren ayudarme?, me arden las manos de tanto zumbar a este rosquete. Ni siquiera se metían con los enanos de la décima, todo se lo deben al Jaguar, fue el único que no se dejó bautizar, dio el ejemplo, un hombre de pelo en pecho, para qué. Pasamos unos días buenos, mejores que todo lo que vino después, pero no quisiera que el tiempo retrocediera, más bien al contrario, haber salido ya, si es que todo no se friega con lo del serrano, lo mataría si se asusta y nos embarra a todos. Pongo mis manos al fuego por él, dijo Rulos, no abrirá la boca así le metan un hierro caliente. Sería mucha mala suerte, quemarse al final, justo antes de los exámenes, por un mugriento vidrio, bah. No me gustaría ser perro de nuevo, está fregado pasar otros tres años aquí, sabiendo lo que es, teniendo experiencia. Hay perros que dicen voy a ser militar, voy a ser aviador, voy a ser marino, todos los blanquiñosos quieren ser marinos. Espérate unos meses y después hablamos.

Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros.

octubre 13, 2007

Un fragmentito de Desarrollo y Libertad

Permítasenos comenzar con una distinción entre dos actitudes generales hacia el proceso de desarrollo que podemos encontrar tanto en los análisis económicos profesionales como en las discusiones y los debates públicos. Según la primera, el desarrollo es un proceso "feroz" con mucha "sangre, sudor y lágrimas", un mundo en el que la prudencia exige rudeza. En particular, exige la desatención calculada de algunos aspectos que se consideran "bobadas" (aun cuando los críticos suelan ser demasiado educados para calificarlos así). Dependiendo de cuál sea el veneno favorito del autor, entre las tentaciones a las que hay que resistirse se encuentran las siguientes: tener redes de protección social que protejen a las personas muy pobres, proporcionar servicios sociales a la población en general, alejarse de las rigurosas directrices institucionales a la hora de dar respuesta a dificultades identificadas y apoyar - "demasiado pronto" - los derechos políticos y humanos y el "lujo" de la democracia. Según esta severa actitud, estas cosas pueden defenderse más tarde, cuando el proceso de desarrollo haya dado suficientes frutos: lo que se necesita aquí y ahora es "dureza y disciplina". Las diferentes teorías que comparten esta visión general se diferencian en los distintos tipos de "bobadas" que deben evitarse especialmente y que van desde la blandura financiera hasta la relajación política, desde la realización de abundantes gastos sociales hasta las complacientes ayudas para luchar contra la pobreza.

Esta dura actitud contrasta con otro punto de vista según el cual el desarrollo es un proceso "agradable". Dependiendo de cuál sea la versión de esta actitud, se ponen como ejemplos de lo agradable que es este proceso algunas cosas como los intercambios mutuamente beneficiosos (de los que Adam Smith habló de manera elocuente), el funcionamiento de las redes de protección social, de las libertades políticas o del desarrollo social, o una u otra combinación de estas actividades sustentadoras.

Amartya Sen, Desarrollo y libertad.

Nota aclaratoria: Regularmente presento fragmentos de narrativas, pero en contadas excepciones (como ésta) se citarán algunos textos que me parecen dignos de que todos los tuviéramos en mente, aunque sean textos más "especializados".

agosto 10, 2007

Un fragmentito de El Padrino

Durante el viaje de vuelta a Nueva York, Michael Corleone se relajó y trató de dormir. Fue inútil. Se acercaba el período más difícil y tal vez peligroso de su vida, y nada podía hacer para demorarlo. Tras dos años de preparativos, todo estaba dispuesto, todas las precauciones habían sido tomadas. La semana última, cuando el Don anunció formalmente a sus caporegimi y a otros miembros de la Familia que se retiraba, Michael supo que esa era la forma que había escogido su padre para decirle que había llegado el momento.
Hace casi tres años que había regresado a casa, y habían transcurrido más de dos desde que se casara con Kay. Aquellos tres años los habían invertido en estudiar los negocios de la Familia. Había pasado muchas horas al lado de Tom Hagen y del Don. Ahora que lo conocía, le maravillaba el poder de la familia Corleone, así como su enorme riqueza. Poseía muchos y valiosos inmuebles en la ciudad de Nueva York, tenía intereses en dos financieras de Wall Street, en diversos bancos de Long Island y en algunos grandes almacenes, además de invertir en el negocio ilegal del juego.

Mario Puzo, El Padrino.